Sobre mi abuela
-Apellida Sakihara. Sakihara. No me acuerdo su nombre. Era mi amiga.
Repites ello mientras buscas en los cajones de tu memoria su primer nombre.
Luego continúas:
-Ibamos con Celinda, Alicia, mi papá y ella al Parque Universitario en las tardes. Los domingos íbamos a San Pedro, allí era la catequesis para los japoneses, yo iba con ellos. Papi era japonés.
-Nakagawa. Tadeo. Tadashi.
-No recuerdo su nombre. Ay mi memoria.
Quizá por eso estamos aquí, en San Pedro, celebrando tu vida y recordando tu muerte y celebrando que a través de ella tú encontraste nueva vida y gozas de ella en la Casa del Padre. Estamos aquí porque mencionabas este sitio a menudo, porque en estas paredes también tú tuviste historia. Porque en el claustro o en la nave también remanece tu presencia y la de decenas de miles y se comparten con las nuevas historias y nos enriquecen. Este texto lo comencé a escribir hace más de un año como una manera de tenerte siempre en mi memoria, de describir una parte nuestra vida, acaso un poco del amor de un nieto por su abuela.
Hoy he vuelto a escuchar la última conversación que pude grabarte. Es de catorce meses atrás, era domingo. Conversamos de cuando eras niña, te escuchaba y te hacía preguntas. Hurgabas en tu memoria como quien busca los cajones de un ropero inmenso de recuerdos, ochenta y un años de recuerdos. Eran las 6 y poco, todavía aclaraba temprano. Estabas contenta esa mañana, me había quedado contigo toda la noche cuidándote. Como a las seis te levantaste, te fuiste al espejo y te hiciste las cejas. Te mojaste el pelo y te peinaste para atrás.
Luego puse un poquito de música en el Bose que te había llevado de contrabando a tu habitación y cantaste, cantamos: “Solamente una vez/ amé en la vida/ con la dulce y total renunciación…” Entraban las enfermeras y te sonreían porque les gustaba nuestra música. ¿Te acuerdas de la señora de la limpieza? También ella entró y se quedó conversando con nosotros sobre esas canciones. Esa mañana hubo Agustín Lara, y luego Xavier Cougat con su orquesta, tocamos mambos de Perez Prado, también un poquito de Nat King Cole, Leo Marini y terminaste cantando “Por una cabeza” de Carlos Gardel. Imagínate que unas pocas semanas después yo estaba en Venecia, en Piazza San Marco, y escuché ese tango y no pude dejar de pensar en ti. Ahora que lo recuerdo, la señora de la limpieza también cantó con nosotros.
Dorita, así nos entendíamos nosotros, con música, con canciones viejas. Lo descubrí en mi carro, cuando me acompañabas a algún sitio. Cuando luego busqué entre tus vinilos y preguntaba qué te gustaba escuchar. Por eso te regalé un reproductor de LP un día de las madres, yo solo quería verte contenta, verte contenta siempre era una de las cosas que más alegría me daba. Ese domingo, el del hospital, me dijiste que cuando te mejoraras ibas a ir a La Colmena a buscar algunos discos para escuchar.
Entonces buscaba en las canciones aliviar un poquito el malestar de esos días en el hospital. A veces nos perdíamos conversando, pasaba el tiempo y lo disfrutaba bastante. Yo me olvidaba tus olvidos hasta que a los minutos me volvías a preguntar la misma cosa. Con paciencia te decía todo de nuevo. ¿Cómo no tener paciencia con un ser al que amo tanto?
En las noches sonaba el teléfono de la estación de enfermeras y te sobresaltabas y me pedías ir a contestar. Tenía que explicarte que estas unos días en el hospital porque están revisándote para curarte, por ese malestar del estómago que no te dejaba tranquila. Y me preguntas por Jimena, si ya llegó del colegio y te preocupas por saber dónde voy a dormir y me dices que me eche en tu cama y que tú te vas a quedar en la poltrona sentada. Que yo descanse. ¡Ay Dorita!
Y quizá un rato después me pedías que busque tu monedero, que coja dos soles y que te traiga una Inka Kola. Te digo que no puedo ahorita, porque el doctor te ha prohibido tomar gaseosas. Te quedas pensando un rato. Me vuelves a preguntar por tu monedero y tengo que esquivarte la conversación. Entonces prendo la TV o te alcanzo el periódico. Luego te contaba que en unas semanas habrían elecciones. Y me preguntabas quienes postulaban. Te acompañaba a que leas un rato el diario y a que hagas tu crucigrama. Yo también adoro hacer crucigramas. ¿Recuerdas que en algunas ocaciones llenaba los que no completabas?
A veces te bromeaba y me caía mi manazo. A veces no hacía nada y también me caía mi manazo y te preguntaba por qué y me sonreías y me decías “por si acaso”. Y yo te quería al infinito también ese momento. Por tu sonrisa.
Hay tantas cosas en Lima te traen a mi memoria. Como el primer día del octubre que pasó, una mujer con hábito morado, hizo que te recordara. La vi caminando en Barranco, sobre Saenz Peña entrando a un café en la mañana y no pude dejar de pensarte y amarte en ausencia. Recordé tu devoción al Señor de los Milagros y cómo la transmitiste a tus hijos y nietos, recordé que guardabas hábito hasta el día de mi cumpleaños cuando devolvían al convento la imagen hasta el siguiente año, que te encontraba sin querer en la procesión, a la que siempre procuré ir sino con tu devoción con el deseo de documentar todo con mi cámara, recordé que el hábito fue tu mortaja y que tu monedero, del que siempre preguntabas, fue enterrado contigo como una manera amable y sarcástica de hacer las paces contigo misma, y pensé que para mí, siempre que te vi cubierta de ese traje morado y cíngulo blanco o acaso con cualquier ropa o cualquier día, fuiste radiante.
Extraño tus manazos. Extraño tus crucigramas. Extraño que no podamos escuchar música juntos o que me cuentes las historias de cuando eras niña, esas historias que por más lagunas que se te hicieran en la memoria no olvidabas. Extraño esas cosas simples. Me encantaría que estuvieras conmigo hoy, para poder, juntos, volver a cantar.
Lima, 06 de mayo de 2017

Comentarios