Sobre los museos
Voy a museos por la misma razón por la que prefiero el original de un libro a las copias que venden en la Plaza Francia, ir al cine que ver un bluray, estar en un concierto a oir música del Iphone y conversar a los ojos antes que chatear por Whasapp. Voy porque desde pequeño me inculcaron ir por ellos, escaparme de la realidad y volver al pasado, ir a un museo es un viaje de 50, 100, 1000 o 5000 años. Voy a museos porque no solo son palacios de sabiduría. Los museos son huacas, bibliotecas, fortalezas, castillos, iglesias y cementerios. Voy a los museo porque me recuerda algunas etapas y momentos de mi vida. Voy porque mi tío Pepe de pequeño me llevaba y es de lo que más agradecido le estoy y de los mejores recuerdos que tengo.
Voy porque a veces quiero estar sólo y porque hoy por hoy muy pocas personas están dispuestas a acompañarme. Y voy a museos acompañado también, pero debo de saber elegir la compañía. En fin, voy a museos porque jamás le vi el aura a una persona, pero sí a un cuadro. Y voy porque me encanta que la palabra curar se use en otro contexto. Voy a museos porque en una gran ciudad un museo es una burbuja de silencio, aunque de bulla también si es París después del Código da Vinci (la película). Y voy porque en su atmósfera de sepulcro me siento puro, impoluto, insignificante y ajeno, como un santo y a veces es necesario. Voy a museos porque creo en Walter Benjamín y su teoría de la irreproductibilidad de la obra de arte. Voy a museos porque mi naturaleza expansiva se siente a sus anchas en salas inmensas o pequeñas rodeadas de arte.
Voy a museos porque no he visto silueta de mujer más hermosa que la de una escultura en mármol. Voy al museo porque tengo una fascinación sórdida y fetichista por la pintura y la fotografía erótica y sus femmes fatales, no me imagino un Newton sin látex, ni un Gauguin sin acaloradas tahitianas, tampoco un Rubens sin desnudas mujeres rellenitas. Voy a museos porque en una mañana puedo dar la vuelta al mundo y al ánimo: En El Prado a las diez me hundo en los días negros y terroríficos de un Goya ya sordo, que pinta a Saturno devorando a su hijo. A las once, curioseo los personajes freak de Velázquez y a su maja desvestida y, cerca del mediodía, sobrevuelo EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, de El Bosco. Ahora miro un campo inocente y pálido, con columpios y gallinita ciega, y en un rato veré utópicos paisajes abstractos y eternas soledades. A la una me tomo un café como una breve pausa de este viaje.
Y también voy a los museos porque igual que en los jardines japoneses, en ellos recorro distintos estados de la vida en apenas unas horas. Voy porque reconstituyen mi espiritualidad mejor que una sesión de yoga, entonces estoy en Shanghai y voy al museo de arte y me pongo a conversar con Budah y luego tomo notas sobre los floreros Ming, me pongo Zen y llego al Nirvana. Voy a museos porque son un metaviaje, es decir, un viaje dentro del viaje: estoy en Nueva York, pero ni bien entro al MET paso de Mesopotamia, a Holanda, a Italia, a Francia, a China, a India y cruzo las fronterass sin nervios a aviones, ni visas, ni sellos, ni aduanas, todo con un presupuesto de diez dólares, ¿súper no?. Voy a museos porque existe un día con entrada gratis y filas que doblan las esquinas, aunque eso no pase a menudo en Lima.
Voy a museos porque afortunadamente lo que veo no se puede comprar, ni siquiera tocar, y me agrada eso de consumir con los ojos, como algo íntimo y sin manoseos. Es una admiración pura. También voy porque soy creyente de la libre interpretación, como la habilidad de Claudia para determinar que un Auki de Szyzlo hace remembranzas a Freddy Krugger y luego me gusta escuchar los comentarios de la gente sobre las piezas, aun así lugo mi padre me diga al oído a veces frases infortunadas como “hasta yo lo pude haber hecho” o preguntas malévolas como “eso es arte?”.
Me encantan los museos cuando hay piezas de barro, vasijas, huacos, de colores y de mil formas, las negras, las de asa-puente, las zoomorfas, las eróticas. Me fascinan los objetos de plata y más los de oro sobre todo si son preincas o virreinales. Me gustan las casas que son museos como la del loco Enrico Poli y su heterodoxa interpretación del indio y su arte. Me encanta porque yo he comenzado a convertir mi casa en un museo.
Camino entre los que juegan. Rodeo a los que se aburren. Admiro a los que se conectan con lo que ven, a veces en un enganche tan potente como si te enamoraras de una chica a primera vista. Voy a museos porque amo la luz, y me da placer espiar las obsesiones impresionistas de Monet y Van Gogh, aunque esos placeres nunca los tenga en Lima y haya tenido que viajar miles de kilómetros para verlos. Es simple: voy a museos porque no puedo dejar de mirar. Porque me siento voyeur. Porque me imagino la pieza muchos años atrás en el torno del alfarero, en el taller del orfebre, en el caballete del pintor, en la película imprimiendose en la obturación, en el cincel y mazo del tallador.
Voy a museos porque son pequeñas dosis de dopamina que me hacen sentirme vivo porque todo lo alrededor está muerto. Voy a museos para matar el tiempo, para aprender. Voy a museos porque me alejan de la ignorancia supina y sus alcances. Voy a museos para conectarme con mi real yo, no el mercader. Voy a museos porque forman mi gusto y me ayuda a componer las fotos.
Voy al Louvre a mirar la risa puta de la Gioconda y la Victoria de Samotracia y que aunque sepa que es imposible nada me gustaría más que verla romper a volar sobre las escaleras. Me gusta el Louvre, y escribo particularmente esto, porque emulando a Gordard(Bande à part) y a Bertolucci(The Dreamers), quisiera volver a cruzarlo, esta vez corriendo en menos de 9 minutos 25 segundos y batir el récord, un sueño con la cantidad de turistas que ví hace poco. Voy al Louvre porque su pinacoteca italiana es uno de mis lugares preferidos en el mundo. Y una pinacoteca es lo más parecido a la buena muerte: un túnel de luz donde van pasando las imágenes más importantes de tu vida por delante. Prefiero los museos porque me producen taquicardia, sudaciones, bochornos y acá entre nos, me encanta padecer el síndrome de Stendhal.
Simplemente, entro a un museo porque cuando salgo me siento inspirado, como después de una buena película.
Y, por si no se han dieron cuenta, también voy a un museo para poder contarlo después.
Ahora, por ejemplo.

Comentarios