El padre Jaime. Respuesta a Santiago Roncagliolo.

SANTIAGO RONCAGLIOLO
21 de abril 2010
https://elpais.com/diario/2010/04/01/catalunya/1270084048_850215.html


En estas fechas de recogimiento y devoción he descubierto que un cura abusó de mí. Y de toda mi promoción escolar. Lo llamábamos padre Jaime y, cuando yo tenía 10 años, ya era el más viejo del colegio. Guardaba en su oficina los tableros de ajedrez y las pelotas de basketball. Y si necesitabas algo de eso, siempre lo encontrabas dispuesto a jugar.


Antes de dejarte usar los juegos, el padre Jaime quería saber si te habías portado bien. Te sentaba en sus rodillas. Te palmeaba los muslos. Te acariciaba el cuello. Te llamaba "mi currinchín". Tú le contabas tus pecadillos, la mayoría de ellos bastante inocentes, y tratabas de pasar el trámite tan rápido como fuese posible. Al menos no olía mal. Su aliento olía a dentífrico, y cuando estabas tan cerca de él, percibías que tenía la piel muy delgada y arrugada, como un papel mojado.


Las costumbres del padre Jaime no eran ningún secreto en el colegio. Todos las sabíamos, y hacíamos bromas sobre ellas. Si el padre Jaime te llamaba a su oficina, el resto del salón gritaba entre carcajadas: "¡Te va a meter mano!". Algunos de mis compañeros lo imitaban diciendo "vengan, mis currinchines".

Los otros curas tampoco consideraban grave su comportamiento:

-Pobre padre Jaime -decían-. Con la vejez se le ha descontrolado la libido.


Eso era todo.

No sé si el padre Jaime llegó más lejos con alguno de mis compañeros. De hecho, hasta que no se han hecho públicos los escándalos sobre pederastia en Alemania, Estados Unidos e Irlanda, ni siquiera pensé que hubiese hecho algo especialmente malo. Tampoco había vuelto a escuchar las justificaciones de los curas hasta que las oí en boca del Papa.


Cuando la agresión viene de un entorno en el que confías, no sabes que está mal. Si pones una denuncia, la autoridad eclesiástica pide comprensión para el agresor. Confrontada ante la evidencia, la llama "murmuración". No muestra ningún remordimiento ni arrepentimiento. Pero los escándalos de estas semanas han servido para que las víctimas sepan que son víctimas. Y ése es el primer paso para que puedan defenderse.



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Santiago, conocí al Padre Jaime. 

Fue profesor de mi padre en San Ignacio, Cajamarca. Una pequeña capital de provincia, en ese entonces, casi perdida sobre la frontera con el Ecuador. Mi padre siempre habló de él con mucho cariño. Siempre que se refería a él contaba de su memoria para recordar quienes iban a misa el jueves y el domingo y que si no te veía no jugabas en el campeonato de “fulbito de mesa” y kina que hacían en la semana. Que los premios de dichos campeonatos eran chocolates y algo de dinero que su familia le enviaba de España.


Cuando ingresé al colegio del que tú y yo somos ex-alumnos, me llevó mi papá a verlo y lo conocí en aquella oficina de menores. Siendo niño, muchas… innumerables veces, me quedé en su cuarto de juegos compartiendo partidas de ajedrez y damas  o “fulbito de mesa” con amigos del salón, incluso luego de la hora de salida. Cuando llegaba el invierno y habías perdido la chompa o la casaca, ibas a su oficina y terminabas yéndote con otra que no tuviera nombre. Como algunos días no había pelota ibas y sacabas de ahí.


Era español y seguía hablando con acento. Fue misionero y se vino al Perú enviado por la orden, siempre trabajó en obras relacionadas a educación. Era un conservador, la guardia vieja. Calvo con apenas una cinta de pelo blanco como coronilla que había cedido al máximo. Alguna vez, siendo niño, en su oficina me comentó que él había perdido a buena parte de su familia en la Guerra Civil. Han pasado veinte años de aquellas conversaciones, entonces no recuerdo con certeza los temas que tratábamos a veces.


Jaime, fue espiritual de 1to de media en aquellos años. Jaime hacía las misas y las confesiones, quizá ayudaba al espiritual de 5to y 6to de primaria algunas veces. Solo una vez lo vi molesto y colérico, en la capilla de menores, paró la misa y botó a alguien del salón. En las confesiones: normalmente éramos varios del salón o quizá todos. Nos sentábamos en la última fila y él en una silla al fondo. Normalmente, al menos cuando niños, todos nos sentábamos en sus piernas y hacíamos la confesión de esa forma, teníamos que aguantar el tufo a vino de misa que tenía.


¿Alguna vez me sentí violentado?¿intimidado?¿Agredido sexualmente? No. Nunca. Esto es algo que  hemos conversado profundamente entre varios amigos alguna vez con referencia a escándalos foráneos y nuestra conclusión fue igual. La mención es sugerencia perniciosa, y acusación que desliza medias verdades. Mientras escribía esto, he conversado con mi padre, de lo mismo y fue tajante de indicar que él también estuvo sentado sobre sus piernas cuando era niño y que jamás vio ninguna connotación sexual. Para mi, y para varios de mis amigos con los que conversamos, fue como un abuelito. Nunca entendí o percibí a otros curas excusándose de ninguna libido justificada en la demencia senil de su compañero.


Jaime, murió el 2002, aún estaba en el colegio. Me sentí triste porque lo recuerdo con cariño como a un buen tipo. Creo que hoy hay una extrema sensibilidad hacia estos temas en particular, que de repente hoy haces una mala lectura de códigos de eventos que sucedieron en otro contexto. Hoy esta actitud sería totalmente impensable y a la que cualquier persona con dos dedos de frente evitara incurrir.


Estoy de acuerdo contigo, que ha habido una tolerancia a cosas que no se han debido tolerar, y que la actitud del Vaticano ante los resultados de la investigación sobre el SVC. No lo comparto, pero entiendo que dentro de todo, también hay motivaciones políticas y económicas que frenan una resolución definitiva y cortante contra Figari. También estoy de acuerdo con que la comunidad LGTB esta expuesta a incomprensión, intolerancia y aceptación como iguales, que muchas veces esta actitud descalificativa es producto del machismo y del catolicismo o protestantismo mal entendido.


Te escribo esto, porque lo considero justo.

Es un desagravio también, y lo escribe uno que igual que tú -solo once años más tarde- vivió historias similares, pero que tiene lecturas distintas. 

Todo esto lo comento desde mi experiencia.


Jonathan Adrianzén

Abril 2010.



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