Crónica de Viaje. La ciudad eterna.
Iba de tarde. Era 1ero de enero de 2016. Caminamos hacia el norte por la Via di Sant Ignazio, veníamos recorriendo ya algunos minutos, primero en bus con la 170 desde el departamento que quedaba por Marconi, hasta Piazza Venezia y de ahí a pie. Estaban reemplazando los adoquines de la calzada por lo que cada vez apresuraba un automóvil su paso por nuestro camino nos apegábamos a las vallas de seguridad o a la fila de Fiats y Smarts mal estacionados.
Al llegar a la esquina y terminar la Chiesa di Sant Ignazio viramos a la izquierda hasta el 120 de la Via del Seminario. Una gran puerta esmaltada en verde con aldabas mitológicas que me apresuré a tocar. Tito abrió una de las hojas de la pesada puerta y entramos al vestíbulo del sobrio Palazzo Gabrielli-Borromeo construido hace cuatro siglos y que fuera utilizado hasta la supresión de la Compañía de Jesús como Seminario Romano y que ahora funge de residencia para estudiantes de licenciaturas, maestrías y doctorados de la Universidad Gregoriana. Era un edificio sobrio, con un claustro central. En la fachada aún decoloraba el apagado rojo ocre, las ventanas aseguradas con acero forjado sobre los alfeizar de piedra.
Nos invitó, Tito, a un pequeño comedor junto al principal, donde pudimos desayunar panetonne, pan, algo de jamón, queso, huevos y un espresso muy bueno que preparamos en La Cimballi de la casa. Un compañero jesuita ecuatoriano nos acompañó al desayuno, la conversación fue una breve introducción a las actuales actividades de cada uno y al desalentador escenario político de mi país pronto a las elecciones.
Eran más de las nueve con treinta cuando salimos de la residencia. Caminamos media cuadra hasta la Piazza di Sant’Ignazio. Frente al local de los Carabinieri se imponía la iglesia, que alguna vez fue la capilla de la Anunciación del Colegio Romano que se levantaba sobre aquella manzana y era regentado por los padres de la Compañía. Fue ampliada y convertida en Iglesia en honor a la canonización de Ignacio y recién fue terminada cincuenta años antes de la Supresión. Entramos por la puerta lateral de la fachada principal, era una típica iglesia romana barroca. Tiene una nave principal en forma de cruz romana con tres pequeñas capillas a los costados. Sobre la bóveda aparecía imponente el fresco de Andrea Pozzo, una alegoría a la obra misionera y a la expansión de la Compañia y sus obras por los cuatro continentes hasta entonces conocidos. El fresco era una prolongación al cielo infinito de las paredes del recinto, solo había que ubicarse en el punto de mármol al centro de la nave principal para darse cuenta. Al centro la representación de Ignacio con una visión mística donde Cristo le anuncia que Roma le será propicia, detrás de él los santos: Kostka, Borja, Gonzaga y Xavier. La cúpula del crucero era otro juego óptico, que al caminar hacia el altar no se movía pero que desde el punto de mármol adquiría total realismo y profundidad. Fue una medida creativa, que a falta de recursos, tuviera que plantear, a finales del XVII, el padre Pozzo para poder completar la iglesia.
Caminamos a la Fontana di Trevi, hace poco la habían abierto luego de varios meses de restauración. La piedra limpia parecía como si la hubiese construido el papa Urbano VIII ayer. Se tiró la moneda y comenzamos a andar por las callejuelas hasta la Piazza Barberini con su pileta de Tritón esculpida por Lorenzo Bernini. Algo largo fue el camino hacia la Chiesa de Trinità dei Monti desde donde no pudimos apreciar la vista de Roma por las obras de refacción en las escalinatas que bajaban a la Piazza Spagna con su Barcaccia y su embajada de España (de donde viene el nombre a la plaza). Recordé aquellos pasajes de “El Último Jesuita” de Pedro Miguel Lamet donde el joven Mateo Fonseca se debate moralmente a las órdenes del conde de Floridablanca, embajador del Rey de España ante la Santa Sede, en las conspiraciones que llevarían a la supresión de la orden. Es maravilloso dar forma a las historias que leemos, que imaginamos y respirar el aire mientras ves los edificios que pudieron ser escenarios de intrigas.
Seguimos andando hasta la Piazza del Poppolo, una plaza enorme circundada, de esculturas. En el centro el obelisco flaminio y en sus extremos la puerta norte de las Murallas Aurelianas y al otro las iglesias gemelas. Un breve chubasco interrumpe la conversación sobre la simetría renacentista. Mientras caen las gotas de agua me pierdo en la desesperanza del alcalde de Lima y sus obras mal hechas o pobremente diseñadas. La inmediatez que resuelve brevemente algunos problemas pero que no deja sellos ni huellas para ser recordadas y me pregunto si las obras de los Papas de Roma no fueran magníficas acaso admiraríamos tanto la Ciudad Eterna.
Cruzamos el Tevere y tomar sur hasta la Corte Suprema de Cassazione, aquel edificio imponente que enviara a construir Il Duce para con ello dejar su sello en lo que llamó la tercera república. Frente a la Corte Suprema, sobre el puente Umberto I, hay una vista magnífica del Vaticano, se avista la Via della Conciliazione y al fondo San Pedro. Al día siguiente iríamos ahí.
Caminamos a Piazza Pavona y luego al barrio Hebreo, a comer el menú y tomar una copa de vino. A la salida se pueden observar, si uno se fija bien, en las paredes los impactos de balas que son un triste recuerdo del gueto que fue ese barrio durante la Segunda Guerra Mundial.

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