Crónica de viaje. Aquella vez en Créteil

 Había manejado la noche anterior para volver a Creteil. La reunión franco marroquí de la noche anterior había sido simpática, pero estuve mudo. Ese fue el momento donde de verdad vi la necesidad imperiosa de estudiar esa lengua. 


Me recordó un fragmento del genial pintor Víctor Humareda en una carta a su madre, veinte años antes que yo naciera:


Mi situación en París se está tornando angustiosa al extremo. La plata se está acabando. Ninguna persona compra aquí cuadros. He hecho un Quijote que nadie lo quiere. No sé francés. Los amigos peruanos solo invitan un té. Envíeme el pasaje de retorno a Lima. El dueño del hotel no tendría ningún miramiento en echarme a la calle. Además, el invierno comienza y mi salud es delicada. Aquí nadie me conoce. (1 de noviembre 1966)


En el momento en que le escribo está nevando. Quedarme aquí significaría la muerte. Se terminan los francos. Me quedan 60. Dentro de dos o tres días no tendré nada. Lloro todos los días. En qué hora hice este viaje fatal para mí. Usted no sabe cuánto me pesa haber hecho el viaje. Rembrandt, Goya, Velázquez, Gauguin, Toulouse Lautrec, El Greco, son los culpables por mirarlos auténticamente. Me vienen una pena y una nostalgia indescriptibles. Sólo pienso en Lima. ¡Gente extraña hablando francés a todas horas!. (3 de noviembre 1966)


De ese viaje surgirá la frase injusta “Tacora es mas linda que París”. Yo ni de lejos me sentí en desgracia como Víctor, mismo dí cuenta que era indispensable aprender el francés. 


Nos levantamos temprano. Nathalie había avisado que habríamos de hacer compras en la mañana. Estaban invitadas al almuerzo Sofia y Renata, lindas chicas las dos. A Renata la recuerdo como todo un personaje, todos se enteran cuando ella está ahí, me cae muy bien. Nos alistamos rápido Daniel, Cleidison, Nathalie y yo. Myrian se quedó en casa, como para variar. Había querido ir a Versalles ese día pero Nathalie ni en pedo quería. Salimos en coche con nuestras listas y nos detuvimos en un minimarket chino, eligieron algunas cosas que no habían en Carrefour. Cleidison eligió, Nathalie le deriva las labores de cocina y acá entre todos sabemos que lo hace muy bien, lo entretiene y le gusta. 


En Carrefour ubicamos los ingredientes faltantes para la moqueca de camarão. Para un ají de gallina fue más difícil. Yo soy un ser carnívoro por excelencia. Recuerdo una semana que solo anduve de rodizio en rodizio a son de asados al sur de Brasil con amigos peruanos y argentinos, comimos tanta carne que al sexto día todos anduvimos con los pies hinchados por el ácido úrico. En casa de Nathalie las proteinas vienen de los vegetales, me parece irreal que aquel chica con la que podía salir literalmente a tragar makis en Oceánika seguía siendo la misma Nathalie que desayuna tapioca y come cerca a vegana hoy.


Hombres a la cocina. Siempre he disfrutado cocinar, la cocina es la química aplicada al alma. Y yo tengo formación química desde niño y es un campo que entiendo relativamente bien. Un peruano puede jactarse de haber nacido en un país muy interesante y delicioso para comer. Entonces cocinar es un rito, un suceso, de importancia tal que reúne a la familia en torno a la comida que son pequeñas síntesis de nuestros países. En Lima, sobre todo cuando vivía con mis padres apurábamos los domingos a ir temprano al terminal a comprar pescados, a volver a casa, a exprimir limones, a cortar cebolla y ajíes y mezclarlos en la fuente con esos cubos de corvinas o lenguados. O como el último día de la madre, donde compramos cien camarones y preparé un chupe buenazo para todos los Francia. Qué gusto fue cocinarle a mi abuela el plato bandera de su Arequipa. Ese mismo día más tarde Sofia me preguntó bajito la receta. Modestamente y con verdad le dije que era de sobre como esbozando una disculpa porque pudo ser mucho mejor.


La cocina de los hombres siempre debe tener música. Así cuando leo suele acompañarme Bach, cuando cocino aparece Nino Bravo al comienzo y luego degenera en salsa dura o en boleros antiguos. Eso pasó en la cocina. Ese día C y J tararearon salsas y bossa novas mientras el pollo hervía, mientras licuaba el pan, mientras Balkan entraba a ratos y nos veía desconcertado estropeando su real tranquilidad. Las papas demoraron más de la cuenta en cocerse, qué lindas eran las papas: todas exactamente calibradas a un tamaño, muy perfectas, extrañé mis papas amorfas de mercado arenosamente deliciosas.


Para variar las invitadas llegaron luego de hora. Aparentemente la impuntualidad es una constante sudamericana que hemos esparcido por el mundo, 13hrs siempre pueden equivaler a 14:15hrs. Qué flojera un domingo llegar a la hora a cualquier sitio. Cuando un amigo llega. Tarde o temprano, igual da la cortesía es el trago. Un aperitivo de matiné: una copa de vino, un vaso de cerveza o como en Cretail el excelente maracuyá de M. Le Bouler. Hubo pisco sour. Y como pisquero me dolió. El sour es un coctel espectacular y de una simpleza noble, cuando es de sobre le terminas restando glamour al shaking de la coctelera por el blending de la licuadora. Qué dolor tan grande es usar un mosto verde en un pisco de sobre, es doblemente doloroso, pero es lo que hay. Prometo reparar el agravio esta navidad.


Dos días atrás mientras caminaba con Nathalie buscando los regalos para el cumpleaños de su amiga, Sofia le avisó que traería un postre franco ecuatoriano. Hubo varias conjeturas al respecto: pensamos en ingredientes como plátanos o naranjilla -aquella fruta exquisita que adoro tomar en refresco para alejarme del calor en el los bajos del Hotel Continental en Plaza Seminario cada vez que visito Guayaquil -. La espera terminó esa tarde.


Pusimos todo en platos verdes. De casualidad todas las comidas fueron amarillas. Intencionalmente nombraron la mesa brasileña… ahhh verdeamarella. Salú. Salú. Sour para Nathalie, medio vaso para su paladar infantil. Yo tenía 4 o 5 años la primera vez que caí ante el alcohol bajo el visto bueno de mis padres. Qué divertido y raro se siente un niño tendido sobre la capota de un coche luego de dos vasos grandes de vino de chacra. Vaso de cerveza los domingos, solo conchitos de uno o dos centímetros para los niños, líquido amargo que solo aprendes a valorar después de la pubertad. Supongo que con Nathalie podría ser igual, un proceso que comienza veinte años después. Cuando terminó el vaso, aplaudimos; Thorndike llamaba a este proceso condicionamiento operante.


La comida fue sazonada con Samba y Cumbia. Habría matado por un valsesito de Chabuca. Con mi perdón y el de Cleidison el postre -que no fue de naranjilla sino con coco- que trajo Sofia, la pavita mayor, fue lo que más me gustó esa tarde. Me llevó a mi leche asada de niño. Me removió a etapas primarias donde el mundo era simple y feliz como un postre. Me comí hasta el último pedazo.


Luego del almuerzo y un nuevo vasito de maracuyá. Salimos a caminar. Creteil era una ville interesante. Nathalie nos enseño la escuela de Jordan y se quejó que tenia que atravesar todo el suburbio para buscarlo. Seguimos caminando y vimos casas de bote, casas con avisos de gatos, casas con vitrales (me gustó la idea), casas con notas chinas ¿o japonesas?. Caminamos hasta el puente, dimos media vuelta. Conversé con Nathalie, con Sofia que por cierto se veía chibola y guapa con ese jean y zapatillas Converse. Llegamos a la pérgola y hubo una foto. Ni siquiera ahí recordé que había sacado mi cámara y la tenía colgando del hombro. La foto siendo bonita fue fatal, cara de impaciencia la mía, cara de loca Sofía, cara de pava Nathalie. Lo último es permanente. El fotógrafo no tiene fotos de sí por eso, por su condición de negado fotogénico. 


Volvimos. Se fue primero la Pava Mayor, dijo que había nadado toda la mañana.¿será fitness si nada así y si monta bicla todo el día? Prestóse una maleta de Nathalie para llevar algo de ropa por un viaje a Vienna que tenía la siguiente semana. Las acompañé a la estación, luego fuimos a sacar unas impresiones para Miryan que viajaba a la mañana siguiente.


Trabajé y vi películas el resto de la tarde mientras Nathalie conversaba con Renata sobre teléfonos y computadoras, Renata le pedía consejos sobre celulares. Nathalie respondía, supongo que tuvo un buen referente, yo. Cleidison absorto en la TV con Daniel y Miryan y Balkan, el gran Balkan, se desparramaba sobre la sala lamiendo su pelaje en sesiones de yoga felino.


Acompañé una vez más a Nathalie a dejar a Renata. Volvimos conversando por el camino de verde, surcando carros, confiando mi integridad en ella al cruzar la pista. Mis mejores recuerdos de París son de ella, caminando a mi costado, conversando sobre cualquier cosa. El día se acaba. Me quedan dos jornadas más en esta ciudad.





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