Sobre el amor en los tiempos de Covid.

 


  • Le dijo a Robinson: “Detente en la esquina”. Abrió la puerta del lado  de la calle y se bajó del auto. 
  • “Robinson, por favor espera que entre.” Ordené en tono apacible, embriagado, arrobado, embelesado por Carolina. 

Carolina cruzó la calle y entró al edificio de apartamentos por una puerta bajo un anuncio de pizzería. Así la perdí de vista, en quince segundos apenas, más difícil fue sacarla de mi cabeza. 

Robinson comenzó la marcha y se detuvo frente a un ATM y me esperó unos minutos que sacara el dinero. Emprendimos marcha hacia el otro lado de la ciudad, veinte minutos interminables donde no lograba entender lo acontecido. Lo curioso. Lo mágico. Lo real. Lo maravilloso.


———


Desde mi mesa en el restaurante, temprano aquella noche, luego de los ajetreos propios del vuelo desde Bogotá y los típicos tacos de tráfico en Medellín, podía ver buena parte de la ciudad. Había dejado a propósito mi bastón en el hotel, no quería usarlo esa noche a pesar del dolor y me tomé analgésicos para disimularlo. Divagaba sobre lo intrascendente de esa cita. Esa noche la había esperado hacía semanas cuando comencé a remover antiguas listas de contactos de una misión a Medellín dos años atrás, antes que comenzaran las restricciones  de vuelos debido a la pandemia, me encontraría con Adriana. Adriana trabajaba antes en una agencia subcontratada por la oficina de comercio de mi país para búsqueda de prospectos de clientes en tierras paisa. Me buscó en el hotel a la hora pactada, subió con unos botines de taco, un jean ajustado que marcaban densidades apremiantes y una chaqueta de cuero. Era guapa. Desentonamos. Yo tenía mas que unos zapatos de tela negros que más comodidad me traen, un jean y una camiseta básicos, lo que normalmente uso en mis días. Nos besamos. Intenté retrasar nuestra salida. Me dijo: “hoy no estoy terminando mis días, mañana.”Bajamos del brazo y ahí estaba una amiga suya, una especie de chaperona: medio tediosa y odiosamente innecesaria. 


Tomamos un taxi hacia lo alto de El Poblado. Cuando entramos, inmediatamente se sintió el ambiente recatado y sobrio de las otras mesas en contraste con lo chabacano que sería el mío. La conversación, si bien agradable nunca llegó a ser amena, siquiera interesante, de una mediocridad absoluta. Mi locuacidad habitual eran dinamitadas en una maraña de referencias universales no entendidas y cada poco era interrumpida por las decenas de fotos que se tomaron las susodichas  haciendo pico de pato en la mesa. Quizá hasta entonces lo mas entretenido -probablemente lo único- fue la comida. Me esforcé por disimular desinterés y hasta fui fotografo improvisado contribuyendo al ego colosal de mis interlocutoras.


Salimos de aquel sitio, y me llevaron a una plazuela en una zona céntrica de la ciudad, Parque Lleras. Alrededor entre comercios, discotecas, policías y decenas de prostitutas algunas de las cuales no alcanzaban la mayoría de edad elegimos un sitio tranquilo para tomar. De nuevo pidieron cocteles extravagantes y yo una cerveza. Y volvió la irrelevancia total cortada solo por breves abrazos de Adriana. Para entonces era más difícil disimular la apatía. Sin embargo la comida no le había sentado bien o eso dijo y les propuse que vayan a su casa y me pidieron dinero “prestado” para el taxi. Por dentro una sonrisa socarrona me alivió el alma, les habría dado el doble de lo que me pidieron con tal de acabar el martirio e irme a mi hotel de una vez. Llegó su taxi, Adriana me dio un beso en los labios y se fue. Quise caminar para despejarme, al llegar a la esquina del parque una pelea a golpes entre dos borrachos me hizo apurar el paso y evitarme shows que no me conciernen, mientras tanto me encontraba con chicas de la calle, algunas guapas otras que escapaban de la indigencia, las que más combinaban ambas características.


Subí a un taxi. Le di la dirección de mi hotel. Mientras tanto comencé a preguntar como eran las movidas de noche de Medallo. Fui amablemente instruido, siempre he considerado que los taxistas son celosos guardianes de la mente colectiva de las ciudades. Me hablo de tres sitios, mostré curiosidad por el que estaba mas cerca, el carro seguía avanzando y yo no tenia sueño.En un cruce de camino me dijo: “acá tiene que elegir si a su hotel o a la diversión”. Le respondí, “Elija Ud. maestro, seguro que sabe lo mejor para mí”. Él tuvo razón. 


Se llamaba La Isla. Y seguro que lo era. Un remanente  junto a la carretera con avisos luminosos y llenos de autos. Entré pagando un cover de diez mil pesitos, me pedí una cerveza y tomé posición de antropológica observación. La penumbra de lo pecaminoso tenía tintes azulados y aroma a coco con tabaco, una pasarela al centro donde tres mujeres bailaban a la vez. Algunas tenían cuerpos trabajados en cientos de horas de gimnasios, otras no. Se acercaron varias mostrando sus mercancías, algunas con lencería otras sin siquiera un velo de pudor. Senos pequeños, medianos, grandes, operados o naturales. Pezones claros y oscuros en tonos añil, nalgas como corazones inversos esculpidos por ángeles caídos. Pubis impúberes de artificio. Había mucha gente, esos días había una feria de moda en la ciudad. Algunos y algunas acudían con su batchs de ingreso al recinto ferial, algunas clientas estaban entre clientes, algunos clientes tocaban a las chicas, algunas chicas se molestaban, algunas chicas besaban a las clientas, algunas chicas les rozaban la entrepierna a los clientes en frenesí, algunas clientas se sonrosaban viéndose tocadas por otras chicas. Fue ahí que comenzaron a llover billetes. Las chicas emocionadas se apresuraban a recogerlos. Quizá siempre esa escena de tirar billetes al cielo esperando que otros los recojan me ha parecido denigrante en cierto punto, y haya sido ver a chinos haciéndolo desde el mezanine lo que me incomodó más, me levanté y caminé hacia el otro lado de la pasarela. Ahí cambiaría todo.


Había pedido una cerveza esperando tranquilo ver el show. Pagué con un billete grande y pedí vuelto en billetes chicos para dejar propinas de a dos mil en dos mil. Me fui hacia la esquina, atrás. Desde ahí miraba todo sentado desde una poltrona, tomando mi cerveza. Tranquilo. Con religiosidad de diácono. De pronto el show me dejó de llamar la atención cuando a mis diez con treinta vi una pareja de mujeres. Supe que eran clientas por su brazalete que fluorescia igual al mío. Las miré, algo me atrajo y me extrajo del recinto. Fui abducido y mi voluntad fue mermada. Cada algunos segundos volvía mi cabeza a mirar. Conversaban, bailaban. le ponían propina en las tangas a las chicas. Pensé que era una pareja de lesbianas que habían venido a la feria. En mi cabeza hacía teorías sobre cómo habrían llegado ahí. Incluso lo comenté con una amiga a través de un mensaje, no quejándome sino sorprendido de lo atraído que estaba. Volvía, analizaba, como intentando saber la historia. Cata me vio primero, o eso creo. Me hizo salud con su screwdriver y le respondí con mi cerveza. Dos minutos después, otro salud y me acerqué para invitarles un trago. Se negaron, pero me invitaron a sentarme y me ofrecieron del suyo. Las dos me dijeron su nombre, aunque por la bulla no entendí el nombre de la que estaba más lejana y yo me presenté.


Cata comenzó a hablarme en inglés atropellado por su acento, me comentó un poco lo que hacía. Le respondí en español. Le insistí por saber el nombre de su amiga. Me siguió hablando en inglés. De reojo yo miraba a Carolina, miraba cómo le entregaba a una bailarina sin ropa unos billetes caídos en su sillón y recolectados de las lluvias de millones. Tenía una sonrisa radiante, me tenía prendido. Cata se levantó para ir a buscar su celular. Carolina se acercó. No nos despegamos más esa noche. “¡Acabo de cumplir años! Es mi fiesta. Cata me trajo acá, es mi prima”, me dijo. “Felicitaciones, ¿cuántos cumples?”, inquirí. “Tienes que adivinar”, me contestó con tono pícaro y mirada de malicia en la cara. “Veinticuatro”, me aventuré a decir. Puso cara de sorprendida y me dijo “You are a witch”, me apresuré a negarlo diciendo, “Im not a witch Im a sorcerer y ahora tú eres mi conjuro”. Y me dio de tomar de su trago como quién da un brebaje. Pedimos al mozo otro vaso y seguimos conversando evadiendo la bulla, en una burbuja. Era Carolina y era yo. En ese momento no existió más. No hubo luz azul. Ni reaggetón en el fondo, ni mujeres bailando desnudas, ni billetes planeando a causa de la gravedad.


Hablamos del la energía, de las piedras, de su ónix, del libro blanco, de que ese día mi país cumplía doscientos años de secesión de España. Cata venía a preguntar por su celular y era lo único que interrumpía ese momento. Me enseño sus fotos, sus gatos, su hermano y su mamá desde mi teléfono. Cuando la quise agregar salió rauda de la página y me dijo que no, que aún no. Nos acercamos, hablábamos más de cerca, nos contábamos historias más al oído. Me volvió a mostrar el amuleto de ónix en su cadena de plata. Me dijo que vivía en Sabaneta. Que amaba ser paisa. Le dije que me encantaría que me visitara en Lima y la sentí entusiasmarse por la idea. Y me dijo que era energía la que nos había traído acá. A ese sitio. A esa hora. Mientras me lo decía, me miraba a los ojos  y yo también la miraba a los ojos, y nos sosteníamos la mirada, como dos personas que se buscan el alma o que buscan un lugar más allá de todo o de todos. Me sentía abrumado, era una aparición, una Epifanía, un sentirme terriblemente joven, vigoroso, fuerte pero indefenso. Le pregunté si podía sanar. Y me dijo que sí. Le conté que los últimos meses había usado bastón. Me dijo que el poder de curación estaba en mí. Puso su mano en mi pecho. Yo puse mi mano sobre el suyo.


Rellenamos las copas, ella servía el vodka que yo aderezaba con el zumo de naranja. Seguíamos conversando, riéndonos, rozándonos, tocándonos, oliéndonos, alienados en ese lugar. Me dijo que estábamos ahí para enseñarnos cosas. Que no era casualidad. No me enteré de nada hasta que prendieron las luces y terminó la música. Un chico de seguridad se acercó a devolvernos el celular que Cata había perdido. Carolina se lamentó que su prima siempre extraviaba los teléfonos. Quizá eran las 2am, lo ignoro. Buscamos con la mirada a Cata y la encontramos tomando con otra persona, en su salsa, en su mundo. Nos llevaron por la traspuerta a otro salón, ella me jalaba de la mano, entramos con un botella de espumante y ellos pidieron otra de OldParr que la servimos con agua soda. Nos instalamos junto a la pista de baile. El azul pecaminoso fue remplazado por un magenta igual de pecaminoso. Bailamos Carolina y yo. Bailamos pegados, excitados. Hundía mis manos, tibias por la sangre hirviendo, dentro de su polera rozando su brassiere, tasando sus densidades, acariciando sus abdominales. Qué excitante verla bailar para ella, para mí. Ella notaba la excitación en mi entrepierna. Se acercó de nuevo, me dejaba recorrer su cuerpo con mis manos sin decoro sobre la ropa. 


Nos volvimos a sentar. A conversar. Me contó que donaba regularmente dinero a unos albergues de animales, que su gata preferida era Mona, que hacía trading en el mercado financiero y que aprendiendo había perdido dinero de manera berraca. Me contó como operaba, me encantaba, me hablaba de un saber nuevo que desconocía y me explicaba la lógica de sus operaciones y yo estaba embobado entendiéndola. Cata perdió nuevamente su celular. Lo volvimos a encontrar dentro de su cartera. Nos pidió que sirviéramosle un trago, Carolina con resignación enuncio: “El que no vive para servir…..” me apresuré a completar: “… no sirve para vivir”. Nunca he sabido a ciencia cierta de quién es esa frase, si de Bosch inspirado en Ignacio, o si hubo alguien antes. Pero lo cierto es que fue una frase que interioricé mucho mis años de niñez y adolescencia.



De reojo ví que  “Mi Madrid” le escribía, era su mamá averiguando sus pasos. Me dijo que tenia que irse pronto. Sabaneta no estaba precisamente cerca. Cata me pidió si la podía acompañar. No tenía que pedirlo. Le pasé un mensaje a Cata con mi contacto para que supiera con quién se había ido su prima.


Me jaló de la mano, por las escaleras. Casi pierdo el equilibrio. A esas alturas no me habría dado vergüenza, quizá sí dolor. Salimos y hacía fresco. Subimos donde Robinson y el aire mezclado con humo de marihuana nos golpeó en toda la cara. Robinson me dijo que era la chica que había estado antes. Robinson comenzó la marcha sin prender las luces del auto, estábamos saliendo del lugar prohibido. Al llegar a la carretera recién las encendió. “Robinson, vamos a Sabaneta. Demórate todo lo que puedas”, indiqué. Carolina sonrió. Carolina tarareaba la canción de Arcángel que sonaba de fondo. Me dijo que le encantaba la música de ese cantante. Yo lo desconocía. Ahora se quién es. Le di mi teléfono y le pedí que escribiera su número ahí. Me dijo que no. Que nos íbamos a volver a encontrar. “Me gustas”, le dije. Le insistí obtener el número sin querer entrar a su juego. Le dije que quería invitarla a cenar esos días. Lo dudó. +57 3… escribió los números restantes. Me pregunto cuánto tiempo me iba a quedar en Medellín, le dije que unos días más. Me pregunto si planeaba vivir en Medellín, le dije que por lo pronto no estaba en mis planes. Borró su número de mi celular sin haberlo guardado. Me volvió a decir que nos íbamos a volver a encontrar. Fuimos conversando, de la mano, lo que duró el trayecto a su edificio. Hasta que bajó y desapareció detrás de una mampara de vidrio al otro lado de la calle.


He querido contactarla desde entonces. Esa noche no pude dormir. A la mañana recién cogí algo de sueño. Soné con ella y con su amuleto. Los dos días siguientes salí poco del hotel. Tenía mucho dolor en la pierna. Al tercer día de conocerla, deje de usar el bastón y el dolor ya no estaba. No se si es coincidencia, no sé si tiene algo que ver, no sé si tiene todo que ver. No me he resignado a dejar al azar volvérmela a encontrar. No quiero ser un Florentino Ariza, no quiero que ella se convierta en mi Fermina Daza. Si la encuentro, y que lo haré porque tiene que estar escrito, que sea como Rebeca y Jose Arcadio.






Jonathan Adrianzen

Agosto de 2021


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