Crónica de Viaje. Tepito y la Santa Muerte.
Desoigo la primera recomendación del taxista que me dice que no vaya a Tepito, que es peligroso. Me anima más a ir, aunque la necedad mía siempre ha sido precavida. Me bajo antes porque el tráfico es infernal en esa parte de Ciudad de México. Camino por entre los autos y camiones abrazando el morral de cuero donde llevo mi cámara de fotos. Atravieso una jungla de puestos amarillos y azules donde venden tabaco, películas porno, ropa interior, discos de reggeaton y de Pedro Infante, recientes estrenos de Hollywood y licores de dudosa procedencia. Me desvío de aquel bosque comercial siguiendo el mapa de mi teléfono, camino por una zona con talleres de coches y cantinas.
Al llegar a aquella quinta o vecindad, miro el altar con un morboso sentido antropológico. Hay una joven mujer rezando en silencio y se le ve una lágrima. Me acerco. En ello aparece un hombre con aire peligroso, una oreja ensangrentada y oliendo a alcohol que me pide una limosna. De inmediato sale del callejón un hombre increpándole que deje de molestar y lo corre como a un perro. Una señora a la mesa de al lado mira impávida la escena y vuelve a tomar la pistola de silicona y sigue haciendo sus manualidades. Tiene un vestido largo de colores con un mantal sobrepuesto y peinado a lo garçon. Me siento a su costado, le pregunto su nombre -ya sé quién es- y me quedo conversando con ella.
Enriqueta Romero tiene 72 años, viuda, asesinaron a su espolo el año pasado donde ella está sentada, ha parido 7 hijos que le han dado 57 nietos y 50 bisnietos. Me los enumera como si estuvieran inventariados y fresca de huesos añade: “mis nietos no se ocupan de todos sus hijos, son bien culeros algunos”. Hay algo en ella que me dice que es una mujer única, tiene una mente ágil, pícara y pendenciera. Así comienza nuestra conversación. “Toda una vida dedicada a la Muerte” le digo y Enriqueta replica inmediatamente “Sí a mi madre, a mi vieja, a mi viejita linda; también tengo a mi padre a mi Diosito que me cuida. ¡Qué bendición tan grande!”
Doña Queta como la conocen en Tepito, hace 16 años es la guardiana del altar a la Santa Muerte que se encuentra en el número doce de Alfarería en aquel barrio famoso por lo bravo y problemático. Ella me dice que Tepito es el paraíso y que no hay otro sitio donde preferiría vivir, pero sin embargo me advierte que “algunos ahí no respetan ni a su pinche madre”. Me pregunta de dónde vengo y le digo “de Perú”, se queda pensando un momento y me lleva a su cuarto, que es un anexo a la tienda, y me muestra un plato de cobre con una llama. Lo señala y me dice, “ese animal es de tu país no?”, respondo afirmando con mi cabeza. Me cuenta que se lo ha regalado un proveedor que le lleva algunas cosas para vender.
Enriqueta vende velas (veladoras le llaman) e imágenes de la Santa Muerte de todos los tamaños y colores. Ella le llama La Flaquita. En su mesa acomoda dos imágenes, las está vistiendo de bisutería, unas cadenas con borlas y mientras las pega con silicona líquida les habla con cariño como si fueran la niña de sus ojos. Me dice que lo que yo pida tiene que ser con fe, que la Muerte siempre la protege y que no es cierto que sea vengativa: “cómo va a ser eso, si ella es ciega, sorda y muda, no mamen. Además qué te puede quitar, si cuando nos vamos no tenemos nada, nos vamos encuerados y con hambre”. En ese momento el Negro, un gato adormecido por el calor de la tarde ha despertado y se acurruca contra ella. “¿Negrito lindo, ya tienes hambre?”. Interrumpe la conversación para darle de comer y me dice que lo tiene hace años y le hace mucha compañía, igual que el perro que era de su marido que sigue convaleciente de una castración que le hicieron hace pocos días y el conejo Pancho que se alimenta de zanahorias en su jaula. Me cuenta un poco de su esposo Raymundo, Rey Romero. Me dice, con cierta verdad y picardía, que a veces se le aparece en la noche y cuando la asusta le grita “pinche cabrón”, me dice que se le adelantó pero que la cuida ahora, que ese sigue siendo su trabajo.
Se sienta en su silla y aparece una niña, ha venido en un taxi con su mamá y ha traído una Barbie como ofrenda para La Flaquita. Le pregunta cómo puede hacer para dejársela en ofrenda y Doña Queta le señala el escaparate donde está la Santa Muerte y le dice con un tono amable de abuela, “rézale yo ahora se la pongo para que veas”. La gente lleva ofrendas todos los días. En el ingreso al pequeño santuario que tiene en su casa, puedo contar más de veinte arreglos de flores de tamaño importantey frente al escaparate decenas de velas prendidas, manzanas, cigarrillos y hasta un tequila. Así quiere la gente a la Flaquita, quién no podría quererla o al menos respetarla, me dice.
Ella le pide a Dios y Dios actúa por ella, insiste. “Dios es chingón”, afirma. Está llena de una sabiduría muy simple. Me comenta que es devota de la Virgen de Guadalupe y que cree en la santería. Mientras lo hace, una chica llega. Queta le dice con una voz dulce, “como está, mi niña, no se cuándo me acordaba de ti”, le pregunta por su hermano y la chica le responde ya está pronto a salir de prisión, me ve conversando con Enriqueta y me dice: “Doña Queta es bien famosa”. La abuela de Tepito se sonroja y se sonríe en un gesto de modestia. Coge en sus manos a otra imagen de la muerte, una estatuilla femenina, voluptuosa y seductora y le habla despacito: “Katrina, tú eres la más bonita”, y le da besos mientras coloca cristales de bisutería en el busto de la imagen. Así nos quedamos conversando un rato más. Hago notas, le tomo fotos, me hace preguntas, le hago preguntas. Termino de conversar con ella, le prometo que voy a volver pronto. Me gustaría.

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