Crónica de Viaje. Buscando a Mateo Ricci.


Es octubre de 2008. El día es soleado en Pekín, hace frío de media estación, el abrigo proviene de mi gabardina y de la bufanda de cachemira. El viento sacude las hojas de los árboles y las banderas rojas que se ven por doquier. Tomo mi libro de la cama. No tengo más guía que el Lonely Planet que llevo siempre conmigo, aún los teléfonos no son inteligentes y el mundo parece ser más simple. Aquella guía de viajes es el único referente contra mi ignorancia sobre esta ciudad, sobre este país, de repente esos días sobre mi vida misma. Desde la ventana del hotel, desde el sétimo piso se ve la avenida de doce carriles atravesada por miles de autos, quizá millones de bicicletas también. 

Bajo al lobby y en la recepción pregunto a una amable señorita cuyo inglés a ratos me es ininteligible si puede darme referencias sobre el sitio al que deseo ir. Con dificultad le entiendo luego de haber escudriñado el mapa garabateado a lápiz. Al lado del hotel hay un mercado y desayuno unos tentáculos de pulpo ensartados en brochetas que acompaño con un pao sin relleno y un oolong, suficiente para comenzar la jornada. Me dirijo a la estación de metro en Chong Wen Men, hasta los 60 estuvo ahí la puerta sudeste de la ciudad.

Traigo un encargo de un jesuita, un profesor de teología, mi mentor y uno de mis mejores amigos. Sabe que por primera vez vengo a China y me ha pedido un poco de tierra de la tumba de Mateo Ricci. Sé lo que pretendo como empresario, como viajero y como fotógrafo pero aún no atino a explicar por qué un puñado de tierra me tiene entretenido en las antípodas del Perú.

Recuerdo algunos apuntes. “Hacia las fronteras. La ruta de la seda”; Ricci, el nuevo Marco Polo, el contacto entre occidente y oriente. Le debí hacer caso a José Enrique cuando en mis primeros años de secundaria me decía: aprende mandarín. No será sino hasta unos años después que con solvencia me podré comunicar en la calle con un básico y masticado chino. 

Tengo que llegar al Beijing Administrative College, ahí está la tumba de Ricci y los antiguos miembros de la Compañia de Jesús. Bajo en la estación, extraviado aún en la inmensidad del Reino del Centro, al salir por las escaleras torno mi cabeza y a la vera de la gran avenida un grupo de diez viejitos, quizá de noventa años, hacen ejercicios, unos tai chi y otros bailan. Siento vergüenza de mi occidental sobrepeso. Cuando luego de unas cuadras confirmo que efectivamente estoy perdido entro en un negocio de diseño gráfico y publicidad. Un joven, de unos treinta años, de terno, con lentes gruesos y un peinado desordenado habla inglés, se ofrece a ayudarme. Hace unas llamadas y me acompaña hasta el lugar que he ido a buscar.

Es un edificio rojo de ladrillos. En la fachada se ve las estrellas que indican que es un edificio del gobierno, ondea una bandera roja con cinco estrellas más. En mi ignorancia había asumido  que debía ser una iglesia, quizá un sitio más apropiado para un cementerio. Una señora me recibe, no habla. Me hace una pequeña reverencia de saludo y la seña para que la acompañe, le sigo por un largo corredor con piso de vinil blanco y puntos negros. En las paredes hay algunas vitrinas con trofeos y uno que otro afiches en chino que ignoro qué dirán.  Al final del pasillo sentencia un severo “wait here” o eso entendí. No pasaron ni cinco minutos llegó con cara de malhumor  por habérsele cortado su siesta el profesor Yu Sandle. Le explico el motivo de mi visita. Me lleva a su estudio-biblioteca-dormitorio (todo en uno) y de su escritorio sacó un disco compacto, me indicó que costaba cien yuanes. Los pagué con gusto como suponiéndolo el tique de entrada. El profesor Yu por fin sonrió y me pidió que lo acompañara hacia el exterior, a espaldas del edificio. Anduvimos por un camino adoquinado en piedra, una tira de pequeños arbustos y unos cipreses altísimos flanqueaban la ruta, así caminamos unas decenas de metros hasta que llegamos al cementerio de Zhalan.

En el s.VII reinaba el emperador Taizong de la dinastía Tang llegaron a lo que hoy es Xi’an,en ese entonces llamada Chang’an, un grupo de cristianos de la iglesia sirio-oriental, fundada por Mar Toma -el apóstol santo Tomás-; este grupo nestoriano diseminó su “Enseñanza Luminosa”, jingjiao,  y fundaron numerosas parroquias en diversos puntos del Asia Central. Estas comunidades existieron entre los s.VII y XI en la prefectura de la capital china, el punto final de la ruta de la seda. El testimonio de su existencia está registrado en una estela de piedra escrita en chino y ugarítico (sirio); que data del año 781 de nuestro Señor. Investigué con mas detalle sobre ella, aunque no pude encontrarla,  muchos años más tarde en mi visita a Xi’an.

Cuando en 1582, durante la dinastía Ming, llegaron a China los jesuitas Michele Ruggieri y Mateo Ricci, la gente les pregunto “…como podría haber tartado tanto en llegar una religión tan venerable, propuesta por los sabios de Occidente”. La memoria histórica se hizo presente y fue posible unir la “Enseñanza Luminosa” de los primeros misioneros y la “Doctrina Celeste” o enseñanza del Señor del Cielo”, propuesta por los nuevos. Se realizaba el sueño entonces de Francisco Xavier  al morir en 1552 frente a las cosas de China luego de su proceso de evangelización en India, en la isla de Shangchuan: el ingreso a la China Continental.

Ricci no se habría podido imaginar cómo sería su vida. Fue convocado por el promotor y artífice de las políticas de inculturacion en India, Japón y China: Alessandro Valigano. Cargado de conocimientos lejanos, desnudo de prejuicios, vestido de bonzo y pincel en mano se inicio en el arte de los hanzi (una pata, dos patas, tres patas, cuatro patas: un caballo). Aprendió la lengua en Macao, una titánica tarea donde le contaba epistolarmente al prepósito de la orden: “la lengua hablada se presta a tanta ambigüedad que muchos sonidos significan más de un millar de cosas y a veces no hay más diferencia entre una y otra que la pronunciación del sonido en un tono de voz más alto o más bajo, y hay cuatro tonos…”. Certezas que tuve a lo largo de estos años que he intentado con mayor o menor éxito aprender la lengua. Valigano la dominó como ningún occidental antes que él. Entendió la inculturación y dejó las formas de doctrina escolástica para emplear formas literarias confucianas que un erudito chino podría entender. Adoptó la vestimenta de china, comenta en una carta “Nos hemos dejado crecer la barba y el cabello hasta las orejas; al mismo tiempo hemos adoptado las vestiduras que distinguen a los literatos, son de seda púrpura, y el dobladillo de los mantos y el cuello están bordeados de una cinta azul de seda”. Con literatura, con geometría de Euclides, con relojes, sextantes, astrolabios y un mapamundi Mateo Ricci o Li Madou (nombre adoptado) pudo ganar el respeto de los sabios de Oriente. Se hizo chino entre los chinos hasta su muerte. Hasta el día de hoy.

Nos detuvimos ante una puerta de hierro forjado que abrió el profesor Yu. Al traspasarla: el cementerio de Zhalan, donde están enterrados 14 misioneros portugueses, 11 italianos, 10 alemanes, 9 franceses, 2 belgas y 3 de otras nacionalidades. Hay músicos como los padres Karl Slaviczek (Yen Jiale) de Bohemia y Jean Walter (Lu Zhongxian), el padre pintor Ignaz Sichelbath (Ai Qi Meng), el padre matemático y astrónomo Ferdinand Verbiest (Zi Xun Qing), el padre Johann Adam Schall von Bell (Tang Ruowang), quien fue nombrado mandarín, director del Observatorio Imperial y del Tribunal de Matemáticos.

La Compañía formó en China una transnacional del espíritu, un mundo de conocimientos polivalentes y de experiencias de occidente, todo puesto al servicio del Imperio Chino. Comencé a entender que sería iluso traducir el evangelio letra por letra, tenía que ser de espíritu a espíritu.

La tumba de Ricci tiene una lápida de mármol y gres de tres y medio metros de altura. Está escrita en latín y chino. Estuvo celosamente escondida bajo tierra durante la Revolución Cultural de Mao Zedong en los 60’, y lo estuvo también durante el levantamiento de los Boxers (yihetuan o “puños rectos y armoniosos”) a fines del s.XIX. Siempre hubo ciudadanos chinos que se interesaron en guardar incólume la memoria de Li Madou, el “Sabio de Occidente” y por eso la protegieron y cuidado en horas de peligro a sabiendas del riesgo que significaba para sus vidas. A poco más de cuatrocientos años después de su muerte (1610) resulta más que curioso que reviva su figura, incluso su causa para la beatificación -injustamente demorada por temas político-diplomáticos entre China y la Santa Sede aunque a fines de 2023 se le haya dado grado de venerable-. El padre Ricci es lo que admiro de un jesuita, de un sabio:  humanista y científico, un hombre completo y polivalente. 

Recopilo con mi filmadora una breve entrevista al profesor Yu. Él de sabe de los mapas trazados por Ricci, de su capacidad y ejercicio de amistad, de su tratado sobre este tema que es invalorable en la cultura china. Percibo que hay muchas cosas, las más profundas, que ni siquiera vislumbra.  Al fondo se distinguen las lápidas de blanco cubiertas por un leve musgo. Es entonces que recuerdo las historias de jesuitas en San Ignacio de donde es mi padre, en la frontera con Ecuador, que escuche de niño y que vi de joven en fotografías y libros como el del Padre Cuestas, recuerdo mis años en el colegio de la Inmaculada donde hubo esos sabios que nos impartían clases, misas y lecciones de vida, entonces recuerdo mi vida y su paralelo con la Compañía desde antes que naciera. Encuentro valioso el trabajo de mis amigos, de José Enrique, de José Luis, de Santín, de Cachito, de Javier, de Tito. Encuentro las vidas que cambiaron en una provincia remota del norte de mi país. Los siento en medio de Pekín, conmigo.

Quince años después, mientras reedito esta crónica de mi viaje voy introspeccionando mi vida, mi trabajo como empresario, mis relaciones, mi coleccionismo, mi interés en el arte y la religión. Encuentro un hilo conductor desde la espiritualidad ignaciana, no como un algoritmo premeditado para entender o discernir algo, sino como un implante cultural que controla y cuestiona si no todos, la mayoría de las acciones que tomo desde el discernimiento. Quizá las conversaciones con José Luis hayan surgido efecto. Quiero hacer ejercicios espirituales.

Mientras Yu Sandle me mira desconcertado, me acerco a la tumba de Ricci, hago una breve oración y me inclino para recoger un poco de tierra que guardo en un papel doblado. Yu cierra la puerta y da vuelta a la llave. Le pido que escriba unas indicaciones en un papel que me ayuden a llegar a mi siguiente destino. Mientras lo hace pienso que ahora entiendo mejor aquello de “ser hombres para los demás”.



Jonathan Adrianzén 

(Da Long)



Texto Original Octubre de 2008

Reedición 1 enero de 2023






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