Sobre mi abuelo.
“Me contaba mi abuelo en torno al día que murió Carlos Gardel. Esto ocurría en el año 1935. La noticia fue difundida por la radio. Se hicieron eco todos los barcos extranjeros anclados en el puerto de Buenos Aires. Se pusieron a sonar todas las sirenas al mismo tiempo, alguien dijo que en señal de duelo. ¿Qué sentiste ante la muerte de Gardel, abuelo? A lo que él me contestó: “ ¡Caramba, ahora sí que somos pobres de verdad!”.
Facundo Cabral.
Me remonto a 1992, era marzo y mi bisabuela, su suegra, había fallecido ese día, lo vi en mi cuarto calzándose los zapatos, cuando le pregunté con curiosidad el por qué la gente muere me respondió con la tranquilidad de la sabiduría simple que dan los años: “porque la gente tiene que morirse”. No supe comprender en ese entonces la naturaleza real de las cosas, la cotidiana regularidad de la muerte. Esa frase fue el primer acercamiento real que tuve hacia dejar este mundo, todo acaba y que así es, simple e irremediable
Nació en el año 1930 en Mala, un pueblo al sur de Lima. Me contó mi abuela, una noche mientras estaba sentada en mi cama, que los padres de mi abuelo murieron de paludismo cuando él era muy niño. Quedó a cargo de su hermana mayor quien falleció el último día que él cumplió años, y nunca le dieron la noticia a mi abuelo, hay cosas que son mejor no saber, ya estaba enfermo y querían que nada empañe ese día de setiembre. Vino a Lima de joven, estudió en el Guadalupe, se casó con mi abuela y tuvo 5 hijos. Trabajó como almacenero en una empresa de alimentos durante muchos años. Mi madre cuenta que cuando él llegaba hacían fiesta y que su ropa tenía impregnado el olor a esencia de vainilla.
Yo lo recuerdo sentado en la sala atento a la radio todas las tardes, se entretenía con aquellas viejas canciones de La Inolvidable. Le gustaba las rancheras y los tangos más que cualquier otra cosa. Algunas veces lo escuchaba tararear a Gardel. Hoy lo puedo imaginar en los 50’s, en una sala de cine, viendo una película de aquellas del ciclo de oro mexicano. Diría que fue un hombre taciturno y melancólico -un tanto como yo-, pero nunca desperdiciaba humor o sarcasmo si tenía la oportunidad o daba el momento preciso, era un mátalascallando. Para ser sincero no le conocí amigos, siempre fue un hombre de casa, casi no tomaba y nunca le vi con una copa de más. Se retiraba a su dormitorio a vivir su música, a ver El Chaparral, el Chavo del Ocho y Cantinflas.
Se marchó un 9 de febrero, hace diez años, casi a las 22:00. Se fue tranquilo y con la gente que lo quería alrededor. Dejó de estar simplemente y se fue a la Casa del Padre. Tuvimos el consuelo y la aceptación de que era lo que tenía que pasar; ya varias semanas sabíamos a donde lo estaba llevando la enfermedad. Los últimos días la enfermedad fue muy agresiva. Pocas veces vi tanta gente durante el velatorio y sepelio de alguien. Creo que eso afirma que tan importante y sobre todo que tan querida pudieron ser algunas personas en vida.
Es curioso, desde que se fue ya no he vuelto a beber chocolate en navidad, no sabe igual si no lo hierve él. No existe en Lima un lomo apanado como el que él preparaba, con el pan molido incorporado a fuerza y paciencia con la dureza de una piedra de canto rodado. Aún se prepara el colado los Domingos de Ramos aunque él no esté frente a la marmita dirigiendo. Definitivamente las cosas cambian.
Me habría gustado tomarle una gran foto antes que se vaya, las imágenes y los recuerdos son todo lo que tenemos y cargamos. Aún me emociono cuando de casualidad encuentro en algun rollo de película su rostro. Me habría gustado decirle muchas cosas. Me habría gustado preguntarle tantas otras. Me habría fascinado que me respondiera por lo menos algunas de ellas.
A veces me parece verlo, en su casa, sentado en la sala con la radio prendida, inmóvil. Oyes el timbre de su voz. Esperas que abra la puerta desde la calle a las 6 y venga con una bolsa de pan recién horneado que acaba de comprar en la panadería para que podamos disfrutar el lonche. Imagino la taza de chocolate caliente una tarde de lonche un julio de Lima en su casa, sentados a la mesa con mis hermanos y mis primas, donde cada uno pueda poder remojar el pan con mantequilla .
Lo imagino caminando portando su sombrero de fieltro gris, el que mi hermano pidió quedarse después que él emprendió su rumbo.
Lo extraño. Un día nos volveremos a juntar.
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